martes, 7 de abril de 2015

Junio

Dije “no”, para así conservarle “para siempre”, según yo, es de esas decisiones buenas que he tomado en mi vida, como el día que me decidí a abrir mi cuenta de Whatsapp, pensando que era una buena idea. Sin embargo, no sabía que mi primera visita al psiquiatra, se estaba prolongando debido a ese dictaminante “no”.
No me quejo, aquellos tiempos, fueron buenos, desde la noche en que su “yo” interceptó a mi “yo”, en aquel tuburio bendito que permitía el acceso y vendía cerveza a nosotros los menores de edad, de aquel entonces. Esa noche, ¡la noche!, después de seis, quizá ocho vasos de ron con refresco de cola y agua mineral, me besó, así, sólo así, me besó.
¿Cómo aquel individuo tuvo el atrevimiento de besar a una muchachita ebria, que previamente ya había confesado su extraña pasión por los videojuegos de zombies y ser emocionalmente inestable?
A la mañana siguiente, con todo y la resaca que me provocó el exceso de ron y nicotina, logré recordar que había conocido a mi alma gemela (ingenua) y que si era lo más parecida a mí, me destruiría, pero que, contradictoriamente y al mismo tiempo, le amaría y admiraría tanto como lo hacía conmigo misma, en aquel ayer.
Me rehusé a que me amara, a amarlo, a amarnos y oculté mi amor por él en  pinceladas de cuadros que pinté inspirados en sus palabras, en escritos cuya estructura eran las ideas que él tenía sobre la vida y la situación que me negaba a ser, en los trazos de tinta china que su mirada caída y gruesa voz me incitaban a hacer y en pequeñas maquetas que en su sueños me hacían creer.
Durante un prolongado tiempo, ese intenso afecto mutuo, estuvo encubierto en una larga lista de objetos y  acciones, como en las canciones dedicadas, conciertos, apoyo en complicados momentos, pláticas filosóficas bajo los pies del Cristo de aquel panteón, pequeñas figurillas de zombies, nieves de flor de cempasúchil, caleidoscopios, papalotes en el aire, objetos fluorescentes, bufandas, libélulas, fotografías, fiestas, mensajes encriptados en pastillas, regalos do it yourself  y en cada una de las cipselas de los dientes de león que hacíamos volar a la nada cuando los soplábamos para pedir un deseo, el mío siempre el mismo: que nunca se vaya.
Admito que un poco de ese tiempo ha quedado suspendido en mí, que algunas veces, he guardado su recuerdo en varios de los tragos de ron que me he bebido durante estos años, que he atesorado sus palabras en cajetillas de cigarros que yo sola me he fumado y que muy nostálgicamente, he revivido sus besos en los pocos días que he decidido estar drogada.
Huir, fue lo más fácil para mí y lo disfrace con un “no, porque te quiero para siempre”.

No hay comentarios:

Publicar un comentario