jueves, 7 de mayo de 2015

Las niñas buenas no duermen con extraños

Michelle no podía entenderlo. Sentía asco de sí misma cada vez que veía sus enormes ojos color café en el espejo del baño, pero no podía evitarlo, lo disfrutaba.
Aunque se conocían desde hacía cuatro años nada más, gracias a las embriagadas confesiones de su padre, los unía algo más que una relación impura.
Christian llegó a la casa sin nada más que un bolso de mano pequeño. Su melena amarilla desaliñada y su curtida piel morena, reflejaban el abandono que debía haber sufrido en el albergue infantil donde vivía.
La madre de Michelle, Emma, se horrorizó cuando le vio pisar con sus encharcadas botas, la fina alfombra del salón principal.Y desde ese momento, le odió con sentimiento, aunque fingiera como una perra fría frente al hombre que ambos compartían.
Pero Louis lo disfrutaba. Quería reivindicarse por haberle dejado a merced de las calles. Claro, eran tiempos distintos aquellos. Estar en la más prestigiosa universidad del país y haber concebido a un crio con la prostituta de turno no eran cosas que, digamos, se pudieran relacionar.
Michelle, en cambio, no sabía cómo debía ver a Christian. La diferencia de edad no era mucha. Ella tenía solo 12 y él 16, cuando se conocieron, pero sus padres jamás le prepararon para afrontar una situación como aquella, aunque el chico lo hiciera parecer fácil.
Desde que Christian pisó la lujosa morada de los Milton, las cosas siempre iban de viento en popa, obviando las indirectas de Emma gran parte del día.
Christian se adaptó muy bien desde el principio. Aprendió el oficio de su padre y rápidamente consiguió una posición importante en la empresa de la familia, aquella que Emma y Michelle solo veían a través de los papeles que Louis llevaba a casa.
Aprendió además a relacionarse con los empleados de la familia, como con Amelia, la señora regordeta que cocinaba los deliciosos pie de manzana que tanto disfrutaba, y hasta con Rodolfo, el anciano que se encarga de regar las plantas del jardín de enfrente.
Pero había algo más, algo oscuro que no encajaba, algo que ni Emma ni Louis podían siquiera sospechar.
Su pequeña hija, la luz de sus ojos, se metía silenciosamente por las noches entre las sábanas de la cama de Christian, en la cabaña frente a la piscina de la mansión donde vivían.
Eran encuentros silenciosos, pero salvajes. Christian era tan rudo como la mujer que le había golpeado por cada una de sus travesuras en el albergue para niños, y Michelle tan sumisa como la niña que siempre llevó el coqueto vestido que le obligaba a usar mamá.
Todo había comenzado esa tarde en la piscina de los Milton. Christian recién había cumplido diecinueve años. La rutina ya le hacía ver a Emma como la madrastra molesta pero tolerable y a Louis como el padre que buscaba recuperar los años perdidos.
Pero extrañamente, en los tres largos años llenos de lujo, diversión y placer que le rodeaban en aquella mansión,  nunca vio a Michelle como la hermanita que debió ser.
Y antes de que cayera la puesta de sol, lo hizo.
Sentía que Michelle le provocaba desde siempre. Lo veía en su mirada. Sentía como la chica le desvestía con solo verle pasar. Aunque aquello era solo el pretexto. Realmente era su delicado rostro angelical, su dulce aroma y su curvilínea y desarrollada figura, lo que despertaban sus institutos lujuriosos.
Y esa tarde, cuando no pudo resistirlo más, se abalanzó sobre ella dentro de la piscina y la tomó por la espalda, recostando con furia todo su ser sobre ella.
La chica se resistió al principio, pero cuando sintió el calor que rozaba entre sus muslos, se dejó llevar. Ninguno de los dos dijo nada durante la faena, no hubo si quiera un intercambio de miradas, simplemente sucedió.
Esa misma noche, en la cena, Michelle y Christian no mencionaron nada de lo sucedido. Ni esa noche ni las siguientes, aquellas en las que la rubia de solo quince años, se escapaba de su alcoba hasta refugiarse en el firme abdomen de su medio hermano.
Sabía que estaba mal, pero como bien decía mamá, ‘las niñas buenas no duermen con extraños’.  

2 comentarios: